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ASÍ VIVÍ EL CAMPEONATO DEL AMÉRICA

Crónica de Arturo Castellanos Canales

Aterricé en la Ciudad de México alrededor de las cuatro y media de la tarde. Me invadían los nervios pues, el equipo de mis amores, las Águilas del América, disputarían el partido de vuelta de la final de la Liga MX contra los aguerridos Tigres de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Empezaba por descubrir que en esto del americanismo no se puede ser el mejor novio ni el mejor americanista a la vez, razón por la cual opté por abandonar a mi novia en el aeropuerto para poder llegar a tiempo para alentar al América. Afortunadamente ella siempre opta por ser la mejor novia y no sólo se ofreció a llevar mi maleta sino que deseó que ganara mi equipo.

Contaba con un boleto para el partido pero mi tiempo para llegar puntual al Estadio Azteca era muy escaso. Contraté un servicio de taxi por el cual pagué 299 pesos, llegué a la fila de espera y había dos parejas antes que yo aguardando a que se les asignara un coche. En la espera de cinco minutos, la cual me pareció de dos horas y media, caminaba de lado a lado con mi sudadera y bufanda del América. El encargado de asignar los taxis, advirtiendo mis nervios y saltándose el protocolo del “buenas tardes, ¿a dónde se dirige?” me dijo: “Hoy nos chingamos a los Tigres.” Sonreí y pensé en mil respuestas inteligentes y en millones de estadísticas interesantes al respecto, pero por la emoción del partido sólo pude soltar un “a huevo”.

Entré al taxi y el conductor, que evidentemente no era aficionado al fútbol, me preguntó “¿Quién juega?”. Me sentí extrañamente indignado de que no supiera que el América disputaría en menos de una hora su campeonato número doce, lo cual lo convertiría en el equipo más ganador de la historia del fútbol mexicano. Afortunadamente los conocimientos del taxista sobre el tránsito y la movilidad en la ciudad eran infinitamente superiores a su sapiencia futbolera, por lo que tomó Boulevard Puerto Aéreo, se incorporó a Río Churubusco, tomó el trébol hacia Tlalpan y con un instinto sobrenatural elegía el carril que más avanzaba y echaba lámina a los demás coches para que lo dejaran pasar. Normalmente esa carencia de civismo me habría molestado pero en esta ocasión me esperaba la final del América, por lo que no sólo no se lo reproché sino que incluso lo alentaba a que lo siguiera haciendo.

Llegué al estadio quince minutos antes de que empezara el partido. Mi primo y sobrino me esperaban ansiosos sobre la explanada del estadio pero del lado del Periférico, razón por la cual tuve que echarme una carrera al otro lado del Azteca que me costó un calambre y medio pulmón. No importaba. El partido estaba por empezar.

Estaba a reventar el Estadio. Pletórico. Imponente. Majestuoso. Sólo encontramos un problema… ¡Ya no había lugar! La gente se encontraba de pie en barandales y pasillos impidiendo el paso para las butacas, por lo cual nos sentamos en unas escaleras muy pegados a la porra de Tigres.

Debo reconocer que jamás había presenciado una afición tan fiel y tan ruidosa como la de los universitarios de Nuevo León. Toda la cabecera norte estaba invadida por la afición felina, la cual nunca se sentó y jamás desistió de sus cánticos. Aunque era la porra rival, era imposible no sentirse emocionado por sus saltos y gritos.

El partido empezó cerrado. Se sentía la tensión en el estadio. Los americanistas sufríamos porque perdíamos por un gol el marcador global y los Tigres estaban nerviosos pues sabían que en fútbol y con noventa minutos por jugar, uno no es ninguno. Para intentar calmar ánimos (o por lo menos ahogarlos) los tres pedimos cervezas que costaban setenta pesos cada una. No importaba. Estábamos en la final viendo al América.

Avanzaban los minutos y el juego no se abría. Las llegadas eran escasas y la posesión de ambas escuadras se concentraba en media cancha. Tuvieron que transcurrir 36 minutos para que Michael Arroyo, con el número 11 en la espalda, marcara el primer gol del encuentro tras recuperar un balón dividido en tres cuartos de cancha, burlar a dos zagueros felinos y definir con potencia por arriba al primer poste.

¡La locura en el estadio! Chelas, chescos y nieves de limón llovían en la tribuna. La afición se animó  e hizo retumbar al Azteca durante los últimos 10 minutos del primer tiempo con el famoso “Vamos América”.

Llegó el medio tiempo, momento en que todos los aficionados analizamos y discutimos los pros y contras de los posibles planteamientos tácticos para enfrentar el segundo tiempo, en tanto que los camarógrafos del estadio recibían la encomienda de encontrar y enfocar a las “guapas del estadio”.

Empezó el segundo tiempo y el duelo de porras en la tribuna era casi tan aguerrido como el encuentro en la cancha. Patadas, encares, jalones y faltas de ambos bandos parecían indicar la tónica que habría de seguir el partido durante los últimos cuarenta y cinco minutos. En una de esas faltas a favor del América, Rubens Sambueza pidió el balón y puso un centro al área el cual fue encontrado por el paraguayo de 1.77 metros de estatura, Pablo Aguilar, quien remató de cabeza globeando al portero de Tigres.

2-0 en favor del América. Frenesí para los de Coapa y frustración para los universitarios. A partir de aquel minuto 61, el partido se desplomó para los dirigidos por el Tuca Ferretti pues tres de sus jugadores fueron expulsados en un lapso de 10 minutos. Empezaba a oler a campeonato para las Águilas.

No obstante, al partido aún le quedaba historia. La contratación más cara del América para este torneo, Oribe Peralta, quería demostrar que los 10 millones de dólares que pagaron por él estaban justificados, por lo que al minuto 78 prendió un balón de aire al poste derecho del portero felino para poner el tercer y último gol de la final. Ya no olía sino apestaba a campeonato en favor del América.

Al acabar el partido, el Estadio Azteca estalló en júbilo y no era para menos, pues el América ganaba el décimo segundo título de su historia en el fútbol mexicano convirtiéndolo en la escuadra más ganadora del país. La Monumental, exhibía una manta que decía “Rey de Copas” y la directiva americanista otra que decía #ElMásGrande.

Si consideraban que los americanistas éramos insoportables compartiendo el liderato de títulos con las Chivas, no se imaginan lo intratables que seremos ahora que nos hemos convertido en el equipo más grande.

¡Felicidades campeón! ¡Felicidades América!

15/12/2014

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